Tras algún tiempo en la hamaca persiguiendo moscas, he recogido el guante que tomó nuevo vuelo con Nuño, allá en las estribaciones del verano. Aquí van unas cosillas que escribí anoche sobre tan asendereado asunto. Incluyo un poema escrito hace un par de días, y que hasta es posible que guarde relación con lo que nos ocupa. El guante no es guante porque lo lanzas es guante porque lo es. Ea, navegantes.
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Superfundidad
La superficie está en el pulso de las cosas. Pero las cosas tienen su astucia para burlar la aproximación, sobre todo la del cardiólogo provisto de un pulsómetro.
En una noche de verano, bajo la miga de un pan de luz, la araña construye su camino por el cielo, el erizo replica a las estrellas bajo su bóveda de púas afiladas, y un reactor mueve sin saberlo las aspas de nuestro molino petrificado. Doy gracias por la suerte de poder ver en superficie, con los ojos cerrados, también con los ojos cerrados.
Las cosechas más puras se siembran en un suelo que no existe, nos dice René Char. Sí, allí crece la mano cereal y el latido solar, la memoria jubilada y el pulmón de fuego, pero cuando el suelo no existe, ¿quién recogerá la cosecha?
¿El ángulo recto es el ángulo del hombre con su sombra?
La ligereza es el don del nómada que planta su tienda fuera de los muros y aprende su lengua en otro sitio. Tiene el rostro siempre desnudo para que sople en él el tiempo.
Hace unos días he sabido que la mitad de las especies de tortugas, un tercio de los anfibios, una cuarta parte de los mamíferos y una de cada ocho especies de aves está bajo amenaza de extinción. Si la superficie está entonces en extinción, no hay profundidad que valga.
¿Y el amor en qué espacio lo ponemos? El amor en superficie es el que no deja caer ¿No será el amor en profundidad el que se hace y rehace preguntas sobre el amor? ¿O viceversa?
Teoría de los pliegues en una almohada: sin ellos no habría existido el sueño.
-¿Qué si me gusta? No sé. Cuando está fría una se siente tan sólo dentro de ella. Pero es distinto cuando está tibia. Las cosas cambian –añadió-, y tú con ellas.
En el principio no fue ni la superficie ni la profundidad, sino una lluvia contumaz que hacía blup, blup, blup y limpiaba el mundo de gases tóxicos.
Acabo de asesinar a un magnífico Jaiku de Sodo, ruego que, si hubiese lectores en la sala, me perdonen:
No tiene nada [ni superficie ni profundidad]/
mi choza en primavera./ Lo tiene todo.
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En la hierba
Lo que conozco lo que llamo mío
(anacrónicamente, al menos)
son estos pinares no habitados por las musas
sino por el murmullo de los vientos
y un olor a rejo y a caballería.
A veces, con las últimas luces,
bajo corriendo al valle
con la alegría de un lobo
ante no sé qué ovejitas,
y me tiendo en la hierba
-libre, rala, verde hierba-
a escuchar su luminosa fiebre
de criaturas inocentes,
como un ratón al pie de su montaña materna.
No hay soledad en ellas,
pero tampoco un gran concierto
y, por un instante, el cielo mudo
parece mirarnos de la misma forma,
con un leve sedimento de luz turbia
que cubriese con su ala la unidad
de un reino imaginario y disperso.
No tardo en darme en cuenta
de que sólo ellas tienen los pies sobre la tierra
que yo soy un extranjero
que no conozco como si fuera mío
este tiempo suyo que nunca piensa en nada.