Decía Deleuze, en su Lógica del sentido que, por debajo de los discursos “es ahora el Fondo sin rostro quien habla, gruñendo”. Casi como un personaje de Beckett, podemos imaginarnos a un ser de rasgos borrados, sin líneas en el reverso de sus manos, sin palabras que articular, profiriendo un gruñido ininterrumpido, que delata todavía una presencia o hervidero hacia adentro.
Visto desde otra perspectiva, Deleuze afirma que “lo que es más profundo que cualquier fondo es la superficie, la piel”. Y es cierto, la mezcla, el devenir en el mundo, el contacto.
La piel se llena de marcas, de cicatrices, de alfabetos. Se hace “legible”. Si supiéramos leer el jeroglífico indescifrable de sus letras y sus silencios. Aunque nunca olvida su Fondo inefable. Y a veces, en su ausencia, las marcas del mundo -con la hoja de acero descubierta- se hunden hasta un Fondo que deja para siempre de gruñir. Por eso hay seres singulares, que llevan, sin piel, su Fondo sin rostro en la superficie.

Sé que es mejor morir
que vivir
desollado

decía Serguei Esenin, poeta suicida. Su gruñido decía otras cosas, sin decirlas.

El Fondo sin rostro está rodeado de peces.
Peces intestinos, que pueblan lo más interno de otro poeta sin piel, Pedro Casariego Córdoba:

Dije a gritos que yo era el mar prometido de los peces blancos o culpables, el reino humano y animal de los peces… Dije que mi corazón frío, mi hígado mojado, mis pulmones de sal negra y las olas automáticas de mi estómago, formaban un mar interior y tempestuoso… (“Verdades a medias”)

También llegan a su Fondo los pájaros, como leemos en uno de los poemas-dibujos de La vida puede ser una lata, en el que un hombre está tendido en el subsuelo. Junto a su cuerpo un pájaro y en el techo de su cueva otro, que pugna por salir, empujando la tierra. Un hueco estrecho, de nacimiento, conecta la cueva interna con la superficie. En ella hay un pájaro atorado, que contempla el cielo pero no puede volarlo. Otro, libre, se alimenta de los frutos envenenados de un árbol raquítico, que planta sus raíces en el mismo suelo del encierro:

Amamantados por los árboles,
envenenados, envenenados,
envenenados,
llegan los pájaros a mi
cueva por alguna grieta,
vuelan sin aviones vivos en el pecho,
se estrechan contra el techo de mi cueva,
se arrastran luego,
envenenados,
envenenados,
sin cielo con un cielo subterráneo,
envenenados.

Del Fondo, de la superficie, poemas.
Gruñidos sin rostro.

Advertisement