Había un cuadro en la pared,
algo así como un mínimo concentrado de imagen.
Una vertical de mástil o árbol partido por el rayo
más un esbozo trunco en la base
resumían el movimiento.
De ese cuadro
todos quedábamos colgados,
no de las grandes marinas o los grupos de familia
livianos y abigarrados.
Ese mástil de una balsa abandonada a la corriente
revelaba el trazo interior de cada uno
altivo ante el océano
que el feroz marco individual contiene.
Plomizo y urbano,
cercaba el azabache del palo sin tocarlo,
y casi las olas en un mar de niebla,
hubieran querido absorber de una vez al tripulante
si no fuera que éste era la nave misma.


18 de diciembre de 1960. Tres menos cinco de la mañana. La noche se suspende en medio del océano. Un barco de 85 pies de eslora se acuna sobre las aguas. Denso es el silencio y la niebla, espectral. En el cazasubmarinos, una tripulación de doce hombres custodian la profundidad de las aguas. En la cabina principal, dos marines, Taró y Mob, intuyen un posible peligro. En efecto, los medios de detección hidroacústicos tienen un contacto claro y preciso. Se activan los latidos del sónar.

Taró: ¿Qué será eso? ¡Shhhh!, ¡escucha!, hay algo ahí.

Mob: Sí, sí, ¡mira! … ¡Algo se mueve! ¡Por su lentitud se diría que se trata de un animal gigante! Hay que avisar al jefe de escuadrilla.

Taró: Pero… ¡fíjate! (apuntando al sónar), ¡ahora se dirige hacia nosotros!

Mob: No, no, ¡se ha parado en ese punto! Parece sopesar la situación o estar a punto de…

Mob: ¡No, no, no se ha parado! ¡Sube hacia nosotros! (los intervalos del sónar van cada vez van más rápido).

Taró: ¡Rápido! ¡Activa la alarma!

Mob: ¡No tenemos tiempo para nada! ¡Prepara las cargas de profundidad!

Taró: ¡Dios mío! ¡Si no lo hundimos, va a destrozarnos!

A las tres en punto, se lanzaron desde el cazasubmarinos tres bombas de profundidad. Fueron tan contundentes que el océano y la noche se tambalearon y el barco sumergió en el mar toda su popa. Incluso llegó a entrar agua por la escotilla del cuarto de máquinas. Instantes después se escuchó un lento pero largo silbido que fue disminuyendo en intensidad y en agonía, como desapareciendo en una profundidad remota. Al cabo de un rato, sólo se oía un sonido semejante a un borboteo que emergía hacia la superficie. Era un chorro de una sustancia negra y viscosa, una mancha oscura que teñía la superficie. Por todas partes flotaban charcos de sangre, trozos gigantes de carne desgarrada, jirones de vísceras, restos de cuerpos indistintos.


Chinchorro: Es ésta una embarcación frágil y de pequeña envergadura, capaz de trasportar tantos tripulantes como deseos caben en un tarro de cristal, pero también pólvora, barricas de salazón, sacos de galleta, provisiones varias para un viaje marsupial a la metamorfosis: la isla del tesoro, ah, iluso. En el chinchorro hay que luchar contracorriente y mantener el rumbo, pero eso es porque suelo olvidarme que estoy de paso. Véase también el sospechoso parecido con la hamaca común, anclada en tierra, apta para otra navegación sin instrucciones: siestas sin afeitar y, por la noche, dejarse mecer por el movimiento imperceptible de las estrellas.


Pero todos los jeroglíficos nacieron
de lo que el corazón pensaba y la lengua ordenaba

(Fragmento del Manifiesto menfita de Shabaka)


Mi piragua es un tronco tallado por un pájaro carpintero, un martín pescador pigmeo. Los animales que la habitan son migratorios, siempre.

Mi piragua navega por un agua plana, bordeada de manglares, donde río arriba es lo mismo que río abajo. Sólo se encuentran coordenadas móviles, que de poema a poema se reestructuran y desaparecen. Depende de la luz, de la elección de tal o cual estrella polar transitoria. Depende también de las corrientes: del arte del piragüista para no creer en cosas tales como rumbo, dirección, punto de partida, naufragio, abismo.

No tiene nada de natural, ni es un objeto creado. Es intercambiable por cualquier otra cosa. Como el agua por la que fluye, es una red de equivalencias, palabras, moléculas líquidas.

En ningún caso podría servir de nido.

No constituye ni resguardo ni medio de transporte.

Para escribir en la piragua, hay que soltar el remo.


Ahó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó— yyy
Schooner ahó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó-ó —-yyyy…)
Te escucho aquí, ahora, y algo en mí se despierta.

Fernando Pessoa



Y algo en mí se despierta…

Tengo los ojos en las mejillas, ardiendo con señales de sangre.

La nave se desliza como puede en la grieta finísima del tiempo y yo la veo alejarse. Y porque la veo alejarse, hay tiempo.

El sol hace su parada rigurosa, llena de semillas,
se tumba en la puerta y no nos permite pasar.

El perro tiene el ladrido claro,
el poeta no podrá soportar esto.

A la cabeza, un atropello de niños conquista el museo monstruoso:
el hombre sin la llave
guarda entre las manos
el cuerpo de una niña de madera

(sopla)
-ssssschoooooooner-

y yo la veo alejarse,
nave de piernas femeninas
en la inmensidad húmeda

no se parece a tus ojos ni a mis ojos despedidos


-He perdido todo contacto con la naturaleza-
soy un negro
que se aferra a un tronco
como si fuese su libertad
mientras
su alma se sumerge
en el fondo del mar