Fundé el taller de poesía Puertos del barco ebrio en Madrid en 2005, tras una pausa de un año en otro taller de escritura que conectaba la poesía con artes como la pintura, la música o el cine, y que inició su andadura en el año 2002. Desde entonces, y en homenaje al Bateau Ivre de Rimbaud nos reunimos cada martes, de ocho a diez, absortos en el hilo de una especial singladura: visitar –en un viaje que se ha revelado inacabable y gozoso- distintas lenguas a través de sus mejores poetas, descubrir las cadencias y singularidades de cada puerto poético.
Así, hemos visitado decenas de poemas en inglés, francés, alemán, italiano o portugués -del continente europeo, pero también en sus conexiones “extraterritoriales” (hacia, por ejemplo, poetas africanos que escriben en francés)-, en sus lenguas originales y en diferentes traducciones al castellano, que han sido también objeto de interés, estudio y minucioso análisis. Las lecturas se han hecho vivas, latentes, gracias al entusiasmo y la pasión por la poesía de los diferentes miembros del taller. Los poemas han pasado de mano en mano, una y otra vez, y se han ido abriendo ante nuestros ojos como flores carnívoras, mostrando siempre el centro duro de una corola cercana, y sin embargo inexpugnable.
La segunda parte de cada sesión del taller se centra en un ejercicio de escritura, que en ocasiones conecta de alguna manera con el poeta estudiado. Ejercicios basados en estímulos musicales, en juegos o experiencias en la calle, en imágenes (pintadas, fotografiadas) o fragmentos fílmicos, a partir de los cuales cada integrante escribe un texto (no los llamamos poemas sino materiales) que leemos y comentamos al final de cada clase.
Hemos escogido cada uno un barco que sentimos nuestro. Subirte en uno de ellos significará entrar en sus versos, en sus tablones ensamblados, en sus aguas de superficie, en sus torpedos de profundidad, en los restos agrios de la quilla, en los días sin viento y sin víveres, en la ancha contemplación del azul.
Hubo otros barcos, otros pasajeros que tuvieron que bajarse en algún momento del viaje, y para ellos, para sus versos, abrimos también un arca del diluvio que reúne a todas las especies en un viaje que terminará cuando las aguas desciendan. Cuando lo hagan, si lo hacen, caminaremos.
***
Nos reunimos un día para dibujar los itinerarios del barco ebrio sobre el mapa: una enorme cartulina negra rebosante de caligrafía invisible: un mar de tinta. Nos sentíamos confusos. El mapa se doblaba en antifaz, buscaba ávidamente nuestros rostros, se convertía en pantalla entre nosotros y nosotros. Entre nosotros y la vida. Entonces las tijeras. Después de ellas. Palabras recortadas en el sombrero de fieltro. Tijeras y palabras que hablan, que se abren paso a mordiscos, que dibujan un espacio a la luz, un hueco de flauta donde el viento… Donde el sonido por fin.
Llamamos a los operarios gemelos que agujerean paredes opuestas en el punto preciso, marcado para cada uno con un sólo trazo, saltan las tuberías al unísono y todo se confunde: los pigmentos, los reflejos, el rasgo aséptico de los escribas. La habitación rebosa. Soy la voz que sacrifica a la luz. Y la luz se anticipa a su palabra, se encarna en breve pira, se instala en la a del sacrificio iluminada desde antes, hecha altar, hecha llama. Hecha zarza ardiente. Sustituimos tijeras y taladros por nuestros propios dedos. Los afilamos.
Las hojas, abrirse entre sus nervaduras, penetrar la transparencia, sucumbir a la vocal hasta el límite abierta de las aguas.
Descubierto el respiradero, sólo queda salir a la comunidad de tejados agudos, musicales. Un coro de casas, como piedras que se alzan, de puntillas, que –silenciosas y estáticas- adelgazan y se alargan para la contemplación, para el canto.
Casas-piedras que son barcos. Que son el puerto, a la espera de todos los barcos
esther ramón

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