¿Y qué hacer cuando la superficie se vuelve porosa?
¿Qué hacer cuando las aguas, que suponemos profundas, amenazan con tragarse la consistencia del perceptor?
¿Cuando los zapatos empiezan a moverse sobre estructuras movedizas? ¿Cuando el río, lo que llamamos río, se desborda por la cuenca del ojo, reflejando a voluntad la luz –visión– que se le otorga?
¿Construir un poema?

Pero: si el paseante y el contorno de las cosas son dos líneas paralelas, ¿para qué el puente, la tinta, el esmerarse en la huella?
¿Para perder pie? ¿Para creerse pasto de las olas? ¿Para volver al aire?

No me atrevo a experimentar en carne propia: me mantengo en los bancos de arena que asoman en la conciencia. Intento dormir, aunque desde el fondo del sueño vea flotar, como nenúfares, los bordes de la superficie.

Sssh… canta el agua a la piedra del río

Sssh… silba la hoja a la tierra de vereda

Sssh… aparece la sombra

 

Sssh… pasa el agua se mueve la piedra del río

Sssh… vuela la hoja pisadas sobre la tierra de vereda

Sssh… aparece un rayo de sol

 

Sssh…escucha

Sssh…pon atención

Sssh…¿lo oyes?…Es el lamento del viento

                                           v.a.

¿Cómo sé que algo es un poema?
¿cuándo debo pronunciar en verso o en prosa?
¿qué me indica que el cielo comprende mis palabras?
¿desde dónde hablo? ¿para qué transcribo lo escuchado?
El continuo estado de ignorancia en el que vivo, me obliga a “hacer”. Todo empezó cuando nací y me vi rodeada de nacimientos. Ocupé la palabra desde la lengua hasta la mesa para pedir alimentos. Ocupé el grito desde mi mano hasta un juguete para expresarlo todo.
En ese tiempo la superficie estaba unida al interior de las cosas. Una aguja admitía el dolor. La mesa era mesa como el río era río.
Lo profundo descansaba sobre la superficie con pantalones cortos dichoso de no parecer complejo… en mi cerebro crujían certidumbres.

Hoy en día, nublado o despejado, me desentiendo de la filosofía para seguir viviendo arropada en la tranquilidad del tiempo y los polos opuestos.
Si sostengo la palabra entre los dientes por un segundo, sólo por una décima de segundo, vuelvo a comprenderlo todo: en las profundidades habita la superficie como en la sencilla expresión “¿cuánto vale?” que equivale a dinero y valor, a cambio y sentimiento.

Decía Deleuze, en su Lógica del sentido que, por debajo de los discursos “es ahora el Fondo sin rostro quien habla, gruñendo”. Casi como un personaje de Beckett, podemos imaginarnos a un ser de rasgos borrados, sin líneas en el reverso de sus manos, sin palabras que articular, profiriendo un gruñido ininterrumpido, que delata todavía una presencia o hervidero hacia adentro.
Visto desde otra perspectiva, Deleuze afirma que “lo que es más profundo que cualquier fondo es la superficie, la piel”. Y es cierto, la mezcla, el devenir en el mundo, el contacto.
La piel se llena de marcas, de cicatrices, de alfabetos. Se hace “legible”. Si supiéramos leer el jeroglífico indescifrable de sus letras y sus silencios. Aunque nunca olvida su Fondo inefable. Y a veces, en su ausencia, las marcas del mundo -con la hoja de acero descubierta- se hunden hasta un Fondo que deja para siempre de gruñir. Por eso hay seres singulares, que llevan, sin piel, su Fondo sin rostro en la superficie.

Sé que es mejor morir
que vivir
desollado

decía Serguei Esenin, poeta suicida. Su gruñido decía otras cosas, sin decirlas.

El Fondo sin rostro está rodeado de peces.
Peces intestinos, que pueblan lo más interno de otro poeta sin piel, Pedro Casariego Córdoba:

Dije a gritos que yo era el mar prometido de los peces blancos o culpables, el reino humano y animal de los peces… Dije que mi corazón frío, mi hígado mojado, mis pulmones de sal negra y las olas automáticas de mi estómago, formaban un mar interior y tempestuoso… (“Verdades a medias”)

También llegan a su Fondo los pájaros, como leemos en uno de los poemas-dibujos de La vida puede ser una lata, en el que un hombre está tendido en el subsuelo. Junto a su cuerpo un pájaro y en el techo de su cueva otro, que pugna por salir, empujando la tierra. Un hueco estrecho, de nacimiento, conecta la cueva interna con la superficie. En ella hay un pájaro atorado, que contempla el cielo pero no puede volarlo. Otro, libre, se alimenta de los frutos envenenados de un árbol raquítico, que planta sus raíces en el mismo suelo del encierro:

Amamantados por los árboles,
envenenados, envenenados,
envenenados,
llegan los pájaros a mi
cueva por alguna grieta,
vuelan sin aviones vivos en el pecho,
se estrechan contra el techo de mi cueva,
se arrastran luego,
envenenados,
envenenados,
sin cielo con un cielo subterráneo,
envenenados.

Del Fondo, de la superficie, poemas.
Gruñidos sin rostro.

Tras algún tiempo en la hamaca persiguiendo moscas, he recogido el guante que tomó nuevo vuelo con Nuño, allá en las estribaciones del verano. Aquí van unas cosillas que escribí anoche sobre tan asendereado asunto. Incluyo un poema escrito hace un par de días, y que hasta es posible que guarde relación con lo que nos ocupa. El guante no es guante porque lo lanzas es guante porque lo es. Ea, navegantes.
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Superfundidad
La superficie está en el pulso de las cosas. Pero las cosas tienen su astucia para burlar la aproximación, sobre todo la del cardiólogo provisto de un pulsómetro.

En una noche de verano, bajo la miga de un pan de luz, la araña construye su camino por el cielo, el erizo replica a las estrellas bajo su bóveda de púas afiladas, y un reactor mueve sin saberlo las aspas de nuestro molino petrificado. Doy gracias por la suerte de poder ver en superficie, con los ojos cerrados, también con los ojos cerrados.

Las cosechas más puras se siembran en un suelo que no existe, nos dice René Char. Sí, allí crece la mano cereal y el latido solar, la memoria jubilada y el pulmón de fuego, pero cuando el suelo no existe, ¿quién recogerá la cosecha?

¿El ángulo recto es el ángulo del hombre con su sombra?

La ligereza es el don del nómada que planta su tienda fuera de los muros y aprende su lengua en otro sitio. Tiene el rostro siempre desnudo para que sople en él el tiempo.

Hace unos días he sabido que la mitad de las especies de tortugas, un tercio de los anfibios, una cuarta parte de los mamíferos y una de cada ocho especies de aves está bajo amenaza de extinción. Si la superficie está entonces en extinción, no hay profundidad que valga.

¿Y el amor en qué espacio lo ponemos? El amor en superficie es el que no deja caer ¿No será el amor en profundidad el que se hace y rehace preguntas sobre el amor? ¿O viceversa?

Teoría de los pliegues en una almohada: sin ellos no habría existido el sueño.

-¿Qué si me gusta? No sé. Cuando está fría una se siente tan sólo dentro de ella. Pero es distinto cuando está tibia. Las cosas cambian –añadió-, y tú con ellas.

En el principio no fue ni la superficie ni la profundidad, sino una lluvia contumaz que hacía blup, blup, blup y limpiaba el mundo de gases tóxicos.

Acabo de asesinar a un magnífico Jaiku de Sodo, ruego que, si hubiese lectores en la sala, me perdonen:
No tiene nada [ni superficie ni profundidad]/
mi choza en primavera./ Lo tiene todo.

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En la hierba

Lo que conozco lo que llamo mío
(anacrónicamente, al menos)
son estos pinares no habitados por las musas
sino por el murmullo de los vientos
y un olor a rejo y a caballería.

A veces, con las últimas luces,
bajo corriendo al valle
con la alegría de un lobo
ante no sé qué ovejitas,
y me tiendo en la hierba
-libre, rala, verde hierba-
a escuchar su luminosa fiebre
de criaturas inocentes,
como un ratón al pie de su montaña materna.

No hay soledad en ellas,
pero tampoco un gran concierto
y, por un instante, el cielo mudo
parece mirarnos de la misma forma,
con un leve sedimento de luz turbia
que cubriese con su ala la unidad
de un reino imaginario y disperso.

No tardo en darme en cuenta
de que sólo ellas tienen los pies sobre la tierra
que yo soy un extranjero
que no conozco como si fuera mío
este tiempo suyo que nunca piensa en nada.

Alguien comentó (fue Pilar) que se podría dividir a los barcos ebrios entre poetas de la profundidad y poetas de la superficie. Me consta que ella revindicó para sí la superficie, tal como quiero hacer yo con este poema, elogio de la superficie.

El pretexto me lo dio una cita de Italo Calvino que siempre me ha parecido la más adecuada para explicar la aporía de la profundidad y la superficie, a saber:

“Sólo después de haber conocido la superficie de las cosas

se puede uno animar a buscar lo que hay debajo.

Pero la superficie de las cosas es inagotable.”

Italo Calvino.

Invito al resto de los tripulantes a pronunciarse sobre tan delicado tema.

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Metódicamente, despacio, quieto. Imperceptible. Trabajar la superficie. La extensión de un grano de arena. Haz. Envés. Haz.

Y vuelta, hasta acabar la playa.

Sin paciencia, no es cuestión

de esforzarse, ni de alcanzar la meta.

Es

abandonar el esfuerzo

cambiarlo por una gota de lluvia, por el monzón en calma.

Es escritura contra la ley del iceberg.

Contra los eucaliptos, las cigüeñas, los zigurats.

Rechazo de escaleras y ascensores, de progresiones, taladradoras, sondas, globos-sonda, avestruces y nudos de ahorcado.

Abolición de los pies en la tierra: orejas en la tierra, nariz y nuca en la tierra, ojos llenos de tierra.

Escritura de los nidos de cocodrilo, de la manta y el tiburón ballena.

Astronomía de amantes tumbados en la hierba,

consistencia de lago tras la primera helada,

cuchillo en la mantequilla

Ríos, claro. Y estepas.

Y desiertos.

Y veleros.

Y cordilleras.

Sí, cordilleras.

Profundidades inversas. Himalayas, Aconcaguas, Apeninos. Palabras-Kilimanjaro, versos-Fujiyama: inaccesibles, eternamente nevados, habitados por sherpas y cóndores. Metáforas en fiordo, en archipiélago volcánico.

Hawai, Fogo, todas las islas de Indonesia. Poemas extraordinarios.

Cartografía: escritura en superficie.

Inagotable superficie de las cosas.

.

Hay un hacha y un pasillo. Al fondo, una pared de madera. Única oportunidad. La luz que salga, la que entre. ¿Qué ofrenda, la hendidura? Poesía es la casa desgarrada, practicar una abertura que no puede cerrarse ni agrandarse. Mirar. ¿Cómo acometerla? ¿Liberando la estampida, golpeando con toda la fuerza? La puerta no puede derribarse, sólo un agujero: abrir el diafragma no resuelve el panorama. Tal vez después, en el segundo pasillo, un soplo enciende la grieta, fina como una línea de metal. Las visiones sesgadas, alongadas.
Un hilo, en el fondo de las cacerolas, divide cada alimento. Pan blanco, cuero reseco. Un pez sin branquias, otro que respira. Se escucha el tono sostenido, en ascenso. Dos gaviotas inician la pelea.


Ruidos blancos, en haces,
trayectorias
de rayos
a lo largo de la mesa
con la botella mensajera.

(Ella se escucha, escucha
un mar, se lo bebe
además, aclara las bocas
de difícil camino)

Paul Celan

Ocurre que la poesía busca puertas. Ocurre que la mirada es, como dijo Simone Weil, “un método para comprender las imágenes, los símbolos. No tratar de interpretarlos sino simplemente mirarlos hasta que brote de ellos la luz”. ¿Y cuál sería entonces el método para crearlos, para tallar esas puertas, tanteando las marcas de las paredes contiguas, de las paredes sin casa? La misma mirada atenta, esa mirada que ya no busca el número correcto de la calle precisa, que ya no tiene ningún paquete que entregar. Para entrever, para atravesar la madera mojada. Mirar, para Blanca Andreu, “como si hubieras muerto”.