¿Y qué hacer cuando la superficie se vuelve porosa?
¿Qué hacer cuando las aguas, que suponemos profundas, amenazan con tragarse la consistencia del perceptor?
¿Cuando los zapatos empiezan a moverse sobre estructuras movedizas? ¿Cuando el río, lo que llamamos río, se desborda por la cuenca del ojo, reflejando a voluntad la luz –visión– que se le otorga?
¿Construir un poema?

Pero: si el paseante y el contorno de las cosas son dos líneas paralelas, ¿para qué el puente, la tinta, el esmerarse en la huella?
¿Para perder pie? ¿Para creerse pasto de las olas? ¿Para volver al aire?

No me atrevo a experimentar en carne propia: me mantengo en los bancos de arena que asoman en la conciencia. Intento dormir, aunque desde el fondo del sueño vea flotar, como nenúfares, los bordes de la superficie.

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